Mi primera caja de pinturas fue unas Alpino de doce colores. Con cuatro años recibir tal regalo supone dejar tu creatividad abierta a un mundo entero de posibilidades. Recuerdo tener una pequeña mesa, de acorde a mi estatura, con un taco de folios limpios y uno más grande de folios ya usados con dibujos y garabatos. Doce colores parecen pocos pero, en realidad, era todo lo que necesitaba.

No entendía la finalidad del blanco, pero aun así lo seguía usando ‘para aclarar otros colores’; el color que más gastaba era el carne para dibujar a las personas. En el colegio nos lo enseñaban así: verde, azul, blanco, carne, amarillo, negro…Éramos niños, nadie ponía en duda a la profesora. Mi madre es morena de cabello negro, mi padre también pero con la tez tan clara que podría confundirse con un vaso de leche. Mis amigas son una paleta de colores desde el más pálido rosáceo hasta un marrón cafetoso como puedo ser yo; ahí no se acaba la paleta ni mucho menos. Existen personas con un tono de piel similar al chocolate negro y incluso negro con toques azulados o amarillento.

Nunca debió existir el término ‘color carne’ para definir a ese naranja asalmonado que nos recuerda a una persona de piel clara poco bronceada. Crecí creyendo en que usar este color era lo correcto para dibujar niños y mayores. Nunca me atreví con otros marrones -que eso es lo que son realmente, una gama de marrones- para dibujar personas más morenas. Siempre ese ‘color carne’.

Hablar de este tipo de color como el tono de la piel supone una gran falta de respeto para todas aquellas personas de distintas razas que no se sientan identificados con este color. Cada persona es única, cada ser humano está compuesto por una serie de colores que lo definen a él y sólo a él. Ojos azules grisáceos, tez marrón oscura con zonas más apagadas o quizá más amarillento y ojos rasgados.

Yo no soy de color carne, ¿y tú?